Hay tres errores típicos que cometen casi todos los veraneantes a la hora de regar los tomates.

El primer error es regar los tomates directamente con agua de pozo o pozo. Esto sucede a menudo, especialmente cuando en las asociaciones de jardinería se establecen ciertos días para el riego. Mucha gente intenta agotar su suministro de agua abriendo el grifo y vertiendo la mayor cantidad posible. Sin embargo, existe un problema con la temperatura del agua. Puede que sea demasiado bajo o demasiado alto. Los tomates son muy sensibles a los cambios de temperatura y las fluctuaciones pueden afectar negativamente a sus raíces. Lo mejor es regar los tomates con agua que esté a temperatura exterior.

El segundo error está relacionado con el riego intermitente. Esto significa que primero no se riega durante mucho tiempo y luego se riega abundantemente. Algunas recomendaciones dicen que los tomates se deben regar tres o cuatro veces profundamente antes de florecer y luego dejar de regar. Esto puede funcionar bien en campo abierto, pero para invernaderos o suelo interior, se recomienda un riego regular y moderado. El riego interior representa un compromiso entre evitar que las plantas se sequen y garantizar una cosecha adecuada. La experiencia demuestra que cuanto menos se riegan los tomates durante su maduración, más sabrosos se vuelven.

El tercer error es regar los tomates por las hojas por la noche. El agua que se deposita en las hojas contribuye al desarrollo de enfermedades. Las gotas microscópicas de agua sobre las hojas pueden hacer que germinen esporas de enfermedades, incluido el tizón tardío. Además, el riego nocturno puede favorecer la formación de rocío en las hojas, lo que también provoca la formación de gotitas en los tomates. Se recomienda regar los tomates sólo en la primera mitad del día.


